Se dice de los buenos profesionales que tienen oficio, concepto relacionado con cierta destreza y habilidad manual para realizar con soltura un trabajo concreto y por lo general minucioso. Una idea que aproxima la fábrica al arte, dotando al resultado de cualidades inusuales, como la belleza, y resaltando detalles delicados que solo un ojo bien entrenado y sensible puede detectar.

El oficio trasciende el conocimiento profundo de la materia. Es la experiencia acumulada del oficial la que, en última instancia, modula y mejora el producto, eliminando lo innecesario o añadiendo algo nuevo que perfecciona lo conocido.

Nos suena a antiguo, a pueblo, a fragua de hierro y carbón. Quizás por eso ahora nos denominamos profesionales, un lugar más cómodo donde basta con hacer las cosas bien, a secas, sin pretender firmar obras de autor. Un profesional puede ser un artista, un trabajador del arte, y ahí se le permite todo; pero a un médico, por elegir un ejemplo al azar, se le presupone destreza técnica, conocimiento y, en casos extremos, habilidades sociales. No entrega cosas bonitas ni hay riesgo de muerte por Stendhal tras salir de la consulta. Su labor consiste en curar, aconsejar y mejorar la vida ajena. Su obra, de ser expuesta, acaba en un paper forrado con tablas estadísticas. Si la cosa progresa, le obsequiarán con una gráfica infumable de PowerPoint que generará emociones próximas al bostezo y la apatía, pero nunca nos llevará a lugares cálidos y memorables por la vía de la creatividad.

Es una pena, porque hasta los matemáticos defienden sus demostraciones como elegantes y los astrónomos adornan la radiación de las nebulosas con colores seductores y eléctricos. Incluso en las películas de abogados —norteamericanos, sobre todo— se genera esa tensión estética por ver quién enhebra el argumento más fino para llevarse al jurado al huerto.

Pienso que justo eso es el oficio: darle a un trabajo bien hecho —lo que conocemos como profesional—, la pátina de arte necesaria para que genere algo más que una transacción fría y eficiente: belleza, admiración, diferenciación… el siguiente nivel que dicen ahora los cursis.

La cuestión es que a los médicos, entre otras cosas, nos quitaron el cupo de oficio, aplastaron al profesional y nos dejaron solo trabajar.

Una labor digna, simple y lineal. Porque la estadística dudosa con la que medimos lo que hacemos reduce la realidad a una caricatura. Un reflejo lejano y distorsionado de la ruleta de nuestra vida. Además, el oficio es algo que se cuenta y que se enseña, que se aprende, que se mira y que luego se practica cuando se sabe. Es el legado que dejan los maestros a los que vienen estudiando, la transmisión de una manera de hacer y sentir lo que creamos como querido y valioso. Nunca es el siguiente sello estampado con el tampón de la mediocridad en un volante quizás innecesario.

Al industrializar la medicina, la hemos dejado en un trabajo de ocho a tres con derecho a pasarte la noche en vela.

Un taller de vísceras con una persiana metálica que se baja hasta el día siguiente. Vuelva usted mañana o dentro de tres meses. Sin más. Por hoy ya se acabó la mercancía. Se terminaron el tiempo, la paciencia y las ganas de pensar hasta mañana. No es por ti, paciente, no es que no queramos saber qué te pasa o que nos canse escucharte. Es que, cual cifra que habitas en el Excel de algún iluminado, tu existencia solo computa para ciertas guerritas políticas como la de la lista de espera. A ver quién la tiene más pequeña, fíjate tú qué cosas.

No te lo tomes a mal ni culpes a tu médico, que hoy atendió quizás a veinte, treinta o a cuarenta humanos con problemas, como tú. Piensas que no te hace ni puto caso porque le caes mal y no quiere esmerarse.

En verdad le sobra trabajo y le falta tiempo para ejercer su querida profesión, su apreciado oficio. Esto necesita espacio, paciencia, delicadeza… Ya sé que hay algunos que no tendrían que haber llegado a coger un fonendo en su vida, sí, pero recuerda que no hay exámenes de ser buena gente en ninguna oposición.

A lo que voy: tu médico ya solo tiene un trabajo, y además quieren que no haga otra cosa que trabajar. Una actividad pulcra y noble, como todas, por supuesto, pero un capítulo que empieza y acaba, no un arte que evoluciona. Uno en el que cobras por horas de tu vida o por volumen de producción, depende de quien haga las cuentas. Pero aquí no pagan por ejecución buena o bonita.

¿Cómo quieres que tu médico de familia tenga un oficio, si tiene que hacer una figurita de barro cada cinco minutos? ¿Qué artesano de Ikea va a salir de ahí?

Pues así estamos. No son buenos tiempos para la danza y a la ciencia le están picando las pulgas, no te creas, que hay mucho vendedor de crecepelo disfrazado de Kaplan-Meier.

Mira, ahora están los de la pública con huelgas y broncas. Si te soy sincero, no creo que esto llegue a nada. ¿Sabes por qué? Porque somos trabajadores, operarios vestidos de verde o blanco-factoría en líneas de producción. A Picasso o a la Callas no podrías sustituirlos. Pero a Rascón, a Pérez y a González, mañana si hace falta.

Si no hay oficio ya te da igual quién te atienda. Una IA, claro. Estamos en ello. Tenemos esa imagen tan nítida del robot que limpia y plancha que cuesta poco verlo pasando consulta y atendiendo la quinta planta. Tan preciso, tan servicial, tan mono…

Trabajando, en definitiva. Que es lo que toca, por lo que se nos paga con los impuestos de todos y las cuotas de algunos. Nadie se da cuenta de que detrás del estatuto y debajo de la bata hay un corazón que echa de menos latir fuerte con lo que hacen las manos. Ojos brillantes, ilusión y orgullo por su trabajo, por su profesión, por su oficio. Olvídense de la maldita vocación y entiendan que si no nos emocionamos con lo que hacemos, tú, yo y todos, se va a descubrir que el mejor sistema sanitario del mundo es un Chernobyl poblado de liquidadores esperando la jubilación.

Que los nuevos licenciados no tengan miedo: les va a sobrar el curro.

Pero dudo que vaya a quedar alguien para enseñarles el oficio.


 

Gracias por compartir el mensaje