He abierto el blog con los ojos entrecerrados, como cuando tienes que abrir la tapa de un envase donde una masa rancia espera su oportunidad para darte un puñetazo en toda la pituitaria. Última entrada de enero de 2024. Más de un año y medio sin decir nada debería tener una explicación clara. La inmediata es que no tengo nada interesante que decir. A veces pienso que me repito y no doy más que vueltas sobre lo mismo cansando al personal y aburriéndome a mí mismo.

Pero otro análisis más profundo me obliga a ser un poco más detallado y benevolente con mi persona; no es que tenga el blog en un barbecho crónico, es que tengo parado todo lo que no sea eso que llamaremos «trabajo». Despacio, deshaciéndose delante de mis ojos, he ido dejando atrás lecturas, músicas e inquietudes que no son otra cosa que diferentes estados de yo mismo en el mundo. ¿Por qué? Quizás he caído en mi propia trampa o en una de mis incontables contradicciones. Pero aquí estamos, desempolvando la bitácora y buscando resolver el entuerto vital.

Y ahora que, para bien o para mal, dejo un cargo directivo para volver a la clínica, pongo en la ecuación algunas variables, como la lucha que la clase médica libra estos días reivindicando la dignidad de la profesión. Costumbres ancestrales que se hicieron norma, véase lo de no librar la guardia, que durante la residencia eran horas de docencia que se perdían, y de adjunto pasaron a ser «necesidades del servicio», un concepto fabuloso para tenerte siempre ocupado. O porque es así y punto, tipo —que dicen ahora los adolescentes— la aceptación cual dogma de fe que esa guardia de veinticuatro horas y pico es incuestionable e inamovible de la existencia.

El sacrificio —como la vocación—, ha sido un elemento fundamental en la vestimenta del buen médico. Sin abnegación ni dolor que suplieran las generosas deficiencias estructurales de recursos humanos y técnicos del sistema, no se estaba dentro del buen hacer. No se veía bien que estuvieras tranquilo, quizás meditando o sencillamente pensando sin aporrear un teclado o correteando hacia la otra punta del hospital. Y, ojo con esto: trabajar es algo visible y verificable, pero pensar no lo es, si bien esto sólo es aplicable cuando la naturaleza de ese trabajo es manual, no intelectual.

Mecanicismo puro versus materia gris en acción. Reflexionemos: ¿de qué está hecha la naturaleza del trabajo médico? ¿De recorrer pasillos, pasar consultas, redactar informes? ¿O de pensar y pensar muy bien? ¿De aportar algo de lo que te sientas satisfecho? ¿De entregar el regalo de tu conocimiento y tu humanidad en algo aplicado y necesario?

La medicina clásica se centra en los modelos de enfermedad, en el estudio de la patología y en sus remedios y alivios. Ese es el esquema que hemos heredado, necesario en el origen pero anticuado en la estructura. Un sistema primitivo y muy rígido concebido para atender lo urgente, algo que hace, todo sea dicho, con notable éxito.

Pero en plena pandemia de pluripatología y cronicidad, de inteligencias artificiales que predicen lo que te va a pasar, de metainformación médica basura al alcance de cualquiera, y de una demanda nunca vista de atención sanitaria no urgente, el sistema no responde. Y los médicos, enfermeros y demás agentes sanitarios no podemos correr por el desierto con esquíes para la nieve. Por más que hagamos malabares con los cuadrantes o busquemos programas de mindfulness para cardiólogos, la maquinaria no está preparada para este tiempo donde la sociedad demanda no solo inmediatez, sino prevención y atención personalizada, mientras los facultativos gestionan agendas infinitas en veinticuatro horas de actividad y sin alivio de una burocracia casi soviética.

Y si además lo miramos con los ojos de las nuevas generaciones, insoportables, como lo hemos sido todas, la cosa no se sostiene ni un minuto más. ¿Quién va a querer trabajar en el Titanic, con guardias de fin de semana, mientras tiene ChatGPT en el bolsillo prometiéndole que jamás tendrá que pasar horas de absurdo papeleo?

Yo he caído en esa espiral. El objetivo, el plan, el Dorado al final del camino. Y no, no puede ir así. No puedes dejarte tanta piel y tanta libertad por el camino. La paradoja es tan dura que se hace indigerible: la gestión de la salud la estamos fundamentando en modelos insalubres. Pocas profesiones tienen tan poco respeto a lo que predican como la sanitaria.

Si buscamos huevos de gallinas felices, ¿por qué no médicos felices?

Nos preocupa el bienestar animal pero no el del que nos tiene que atender en nuestro peor momento. Hasta es sospechoso…

—Mira, un médico feliz en ese despacho…
—Hum… qué raro… O no está bien ese, o debe estar liberado por el sindicato…

¿Y tenemos remedio? Pues, so pena de seguir siendo cansino en los argumentos, diré que ese cambio del modelo pasa por digitalizar bien y de una vez por todas todo lo digitalizable. Todo el ruido con la IA, para el que lo quiera ver, abre una ventana de oportunidad única para empezar a reformar todo, desde los cimientos. Y reformar no es adornar la ineficiencia y lo ancestral con flujos automatizados muy coloridos pero que no aportan ningún valor; al contrario, dediquemos tiempo a pensar cómo debería ser todo en el siglo XXI antes de montar nada, porque ya tenemos herramientas que hacen posible lo inimaginable hace muy poco.

¡Uy, lo siento! He dicho pensar… Pero los médicos, ¿no teníamos que trabajar en las plantas y en las consultas, y no en los despachos de moquetas suaves y cálidas? La digitalización bien entendida es un canto a la libertad. Dejar la esclavitud del teclado, la documentación, la vigilancia, el control de las cosas a las máquinas. Que podamos invertir el tiempo en dar el valor necesario para que al final del día sintamos que sí, que ha valido la pena, que hemos ayudado. Y, con total honestidad, que la profesión siga siendo atractiva a estos jóvenes descocados que quieren vivir la vida, que nos quedamos sin doctores en un par de lustros… Estos osados lo tienen muy claro. Si se les hace bola ir a al tienda a comprar cuando lo tienen todo en el móvil, algo que a mí, de corazón analógico, me sigue fascinando, imaginad hipotecar su tiempo en un centro de salud de un barrio estándar.

Los médicos, los sanitarios, todos, nos merecemos, como las gallinas, ser felices. ¿Cómo si no vamos a ser capaces de dar y servir con garantías? No tengamos miedo a decir las cosas como son. Sé que esto suena cursi en los despachos y que no hay columnas en los excels que cuantifiquen cómo de contento están tus trabajadores. Sé, porque no soy tan ingenuo, que al final de temporada hay que tener un balance positivo que pague nóminas y permita invertir. Pero que los reyes vayan desnudos no significa que tengamos que seguir viviendo en su isla de las tentaciones.

No he perdido la fe, solo he encontrado maneras que no funcionan, que no es poco.

Insisto: hemos de estar bien para poder servir bien.

Espero que no se me vuelva a olvidar.

Gracias por compartir el mensaje