Al abuelo le duelen las rodillas cuando va a llover. Sentado en la butaca, ergonómica a fuerza de costumbre, espera a que el cuco le dé permiso para salir a dar un garbeo. Luego camina lento, revisando paredes desconchadas y baches dormidos, hasta llegar a la puerta del bar, un trozo de aluminio y cristal adornado con fotos de platos combinados monocromáticos. Las bisagras chillan anunciando entradas y salidas. No hay cartel de derecho de admisión, ni placas de reservado, ni tonterías de esas. La mesa del rincón solo está para su cuadrilla, su tertulia y su partida. Un dominó también artrósico por el desgaste que hace de juez y decide quién paga los coñacs y los cortados.

La verdad es que el abuelo casi no va al médico, ni el médico espera recibir al abuelo. La edad lo explica todo. Igual si tiene mucha tos o se le quita el hambre —no hay síntoma más preciso de gravedad— se deja arrastrar a la consulta, para que algún joven inexperto le recete un brebaje que mandará a hacer puñetas a la mayor brevedad posible. El crujir de huesos, a estas alturas, es inevitable: ya no es un chaval, ni pretende serlo. Mientras pueda arreglar el huertecito y robarle huevos a las gallinas, no hace falta más. ¿Qué tiene que prevenir si el reloj está a punto de quedarse sin cuerda? Por eso las normativas del matasanos se interpretan y ajustan a su realidad. Eso le permite, dado el caso, picar un par de torreznos mientras evita la cafeína para que no suba la tensión. Son las reglas de un juego que solo discutiría un imbécil que no entienda la lógica de quien lleva un par de garrotas en su cartera de servicios.

Y el abuelo, con su estación meteorológica de cartílago y tendones, pasa las mañanas, las tardes y las noches entre sus cosas. Las preocupaciones no son ni el azúcar ni el colesterol, moléculas invisibles y lejanas. La soledad, que le sigue mirando triste desde el cuadro de la abuela, le aprieta sin ahogarle. En el bar cada vez hay menos sillas alrededor de su mesa y las campanas del pueblo en breve cantarán su nombre. Y todo eso lo sabe y le da lo mismo. «Cuídese y vigile esos kilos, que hay que moverse más, Julián», le recuerda la pesada de su nuera. No, no hay manera. Ni sus hijos, ni sus hijas, ni los yernos y las nueras entienden nada. La salud ya no es lo que importa.

Para él la gasolina viene en forma de sonrisas melladas, en carreras destinadas a coger caramelos, en la mano que le tira del pantalón y le lleva a descubrir tesoros bajo unos ladrillos cualquiera. No tiene precio verles mojar con pan de verdad, que huele a infancia, las yemas volcánicas recién sacadas del corral, o contarles por enésima vez la misma historia, que ya no sabe qué hay de verdad y qué de invento. No hay mejor oxígeno para un viejo que el abrazo de sus nietos. Y esto, al parecer, no se explica en los libros de familia ni en los de estudiar medicina. Que ya está para jugar y enseñar verdades, no modales.

Al abuelo le duelen las rodillas cuando va a llover y además presume de ello. No quiere vegetar atontado con analgésicos, mirando a ninguna parte, ni perder el poco tiempo que le queda angustiado por los números en negrita de los análisis. Quizás no tenga un vocabulario tan amplio como la gente de ciudad, pero a su manera sabe que lo importante no se registra en papel milimetrado, sino en cosquillas por el alma, como un soldado exangüe y moribundo que desprecia al cuerpo porque su misión está cumplida con éxito y se deja marchar. Cuando habla con Dios es claro y no se anda con rodeos: «Si me vas a dar otra Navidad, que no sea enganchado a un tubo de plástico por donde no pasa el turrón. No quiero cenar solo prospectos, ¿me entiendes? Si me vas a dar algo, que sea un décimo de esa lotería camuflada en forma de chuches a escondidas y aguinaldos de contrabando»

Al abuelo le duelen las rodillas cuando va a llover y no piensa hacer nada más que pararse un rato, de camino al bar, y descansar. Ni tiene cita en el centro de salud ni la necesita.

Y bien que hace.

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