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Hasta ahora sólo podíamos mirar con los ojos o, según el grado de cursilería, con el corazón. El miocardio aporta una capa de realidad aumentada a lo que la retina, cual notario aséptico, se limita a registrar. El dato objetivo, en crudo y sin perfumar, no suele gustar. También la curiosidad por lo ajeno, injustamente atribuida en exclusividad a la figura arquetípica de la vieja chismosa, nos ha vencido desde siempre. Escarbar en otras vidas ha sido una terapia magnífica frente a la propia intrascendencia y es práctica habitual sin importar el sexo, religión o código postal.

Parecen hasta inocentes aquellas revistas de famosos donde aprendimos a decir glamour y que se puede vivir muy bien siendo jinete. No recuerdo demasiada malicia más allá de la ostentación y la condescendencia de unos millonarios muy clasicones enseñando sus casas de verano o vendiendo las bodas de sus hijos. Gracias a ellos las peluquerías y los dentistas resolvieron el problema de entretener en la espera, así que, ni tan mal, pero con la llegada del photoshop y su sobredosis de bótox digital ya sólo nos queda un valle inquietante lleno de seres de luz estirada que no convencen a nadie.

Sin darnos cuenta el negocio de la bilis encontró un nicho extraordinario. A medida que la presunta oferta informativa y cultural fue creciendo, los avispados mercaderes de noticias entendieron que la gente ya estaba cansada de palacios pijos; preferían una buen intercambio de insultos, fluidos o mamporros, a ser posible adornado con muchos floreros ligeros de ropa. En los despachos se diseñaron al menos dos prototipos de figuras mediáticas que lo petaban. Por un lado, la quimera entre habitante-de-la-casa-de-gran-hermano y tronista, un ser vacío de contenido pero superficialmente intenso que de la nada absoluta pasa a tener una profesión basada en la absoluta nada, que se convierte en un ídolo de masas mucho más accesible que los futbolistas. Por otro, el exhibicionista pseudofolclórico , criatura mítica que emergió del Hola! para recaudar fondos vendiendo hasta la escobilla del baño por fascículos, ya con cierto caché previo, pero olfateando el pastizal que le esperaba en las diferentes sucursales de caja tonta.

La aproximación de lo visceral hasta hacerlo casi tangible en la pantalla con su guarnición diaria de bilis caliente resultó ser una droga irresistible. Nos encandila ver a nuestros semejantes mostrar su peor humanidad y pagamos gustosos por consumir su carne poco hecha. Como el filón estaba claro, la nueva cultura de la viscerocracia se instaló en nuestras televisiones, convirtiendo una tecnología prometedora y mejor que el technicolor en un auténtico estercolero monocromo. Los yonquis borrachos de sangre y heces querían más y sus camellos lo sabían. Más dolor, más muerte, más pena, más lágrimas. Más casquería a todas horas, sin límites. Ya daba igual si el protagonista quería o no participar en este nuevo mercado emergente de la miseria, porque si no era el caso, se orientan la cámara y las preguntas capciosas hacia las pupilas, como un láser lacrimógeno diseñado para provocar la humedad.

 

La tragedia era tan buena mercancía como cualquier otra y tener un mínimo de escrúpulos no era requisito para trabajar. Y lo peor es que descubrieron un punto clave en la vileza de los humanos: puedes esclavizar a quien quieras siempre que a tus siervos les dejes someter a otros. Así logran mantener pegados a la pantalla a los súbditos, hambrientos de picadillo, para que se traguen toda la publicidad que les quepa entre bodrio y bazofia. Les han hipnotizado con la idea de que pueden juzgar, insultar y condenar a sus semejantes, una auténtica excitación orgásmica para las neuronas del intestino. Son importantes en sus carrozas de mentira, pero al fin y al cabo es lo que quieren. Nadie reclama partidas de ajedrez en prime-time. El pan y circo del siglo XXI sucede en el cubo de la basura.

Nos han enseñado a mirar con el páncreas. Porque una cosa es disfrutar de un espectáculo donde los actores se destripan voluntariamente (allá cada cual con la dieta que le impone a su cerebro), y otra muy distinta eviscerar con deleite y precisión quirúrgica a quien sufre. Donde sólo cabe la compasión y el silencio, donde la tragedia y el horror sólo permiten espacio para acompañar y arropar a quien muere en vida, donde aparece lo que nunca, nunca, nunca debió haber existido, la única dignidad posible es callarse y llorar en casa. No pintarse la cara con el dolor ajeno, ni hacer banderitas con su desgracia, ni seguir empachando la realidad de ideología, como si la vida cupiera en un manual ideal para borregos sencillos. Esas carreras para ver quién condena más blanco según el condenado, ese despiece salchichero del alma, esa capacidad para sentenciar desde la comodidad del sillón…

Que no me exhiba no implica indiferencia, sino respeto. Por la intimidad, por admitir que no soy nadie, que no me atrevo a imaginar lo que ocurre detrás de cada abrazo desesperado, de cada voz rota, de cada futuro robado. A nuestros hijos les estamos enseñando a juzgar antes de comprender y a opinar antes de leer. ¿Qué pasará si mañana somos nosotros el centro de la diana y nuestra casa se convierte en una charcutería cutre llena de moscas y buitres?

Y sí, el lector dirá que ahora soy yo el que con estas palabras juzga, insulta y condena. Pero como en esta vida hay que elegir en qué lado de la escurridiza verdad quieres estar, sirva este grito para marcar una frontera muy clara entre lo que me parece correcto y lo que se me antoja despreciable.

Al menos esta es la mía. Al menos me consuela tener una. Y al menos espero enseñar a los críos que no todo vale.