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Salimos del teatro al acabar la función. Un trío de cómicos nos presentó un espectáculo correcto y divertido. El frío de la calle aconsejaba localizar cuanto antes un refugio y cenar algo caliente. Tras unas breves deliberaciones de corrillo decidimos ir de visita por los bares cercanos y evitar una congelación segura. Unas cañas con sus raciones y la tertulia correspondiente hasta acabar en un local de copas cualquiera.

Nada más entrar un tipo llamó mi atención. Estaba en la barra, sentado en un taburete y acompañado por lo que debía ser una ginebra con tónica. Vestía una gabardina negra y un sombrero a juego. Miraba serio al botellero, sin enfocar en ninguna zona en concreto, dando sorbos de vez en cuando y con marcada lentitud. Pensé que era uno de esos típicos personajes nocturnos que, en solitario, rondan por los tugurios más variados buscando, como Sabina, un encuentro que les ilumine el día, o quizás, también la noche.

Se acercó a nuestro grupo y comenzó a hablarnos de fotografía. Quiero recordar que había una exposición en el bar, o que alguien llevaba una cámara en la mano, pero la memoria aquí me falla. De pie, oscilando alrededor de un eje vertical, con la lengua empapada en alcohol y el vaso navegando entre olas de aire, nos habló sobre lo efímero del instante capturado en la imagen, de qué ocurre cuando se pierde el movimiento de la escena, o de si la existencia en general es fundamentalmente irreal y reducible a un papel impreso. Un dibujo nihilista, descorazonado y casi patético de la vida. Yo no sé nada de fotografía pero tengo debilidad por las mentes interesantes, así que mantuve un intercambio de impresiones con el caballero hasta que se cansó de la conversación y volvió a su asiento con una trayectoria sinuosa pero certera. Que estuviera borracho no significa que dijera ninguna tontería. En absoluto.

Pero lo que me fascinó es que, apenas tres horas antes, aquel hombre se encontraba subido a un escenario haciendo reír a un grupo de personas. Era uno de los humoristas del trío. Este fabricante de sonrisas era en realidad un alma desolada, llena de una oscuridad profunda, aunque no necesariamente negativa.

Me planteé tras el encuentro que para generar una emoción sólo debía ser necesario un conjunto de recursos técnicos empleados de una manera determinada. No hay que estar alegre para inducir alegría. Es pura ciencia. Repetible y verificable. También pensé que lo que entendemos por opuestos, como la risa y el llanto, o no son tan opuestos, o pueden coexistir a a vez. Alguien triste tiene capacidad de hacer reír, alguien alegre puede provocar pena, del odio puede surgir amor, del amor se llega al odio. Tal vez las emociones no sean nada más que ecuaciones escritas en un lenguaje que sólo entienden las neuronas.

Nunca me pareció un farsante. Sentí cierta lástima al asumir que en su estado era posible sufrir mientras generaba humor, que podía ser muy difícil disfrutar de lo que haces cuando no es congruente con tu pensamiento vital, o que para él tal vez nunca existió ese antagonismo por llevarlo tan profundo en su interior que era perfectamente tolerable. No sé cómo sería sobrio o si realmente hizo la representación sereno. En realidad no sé nada de aquel hombre.

Sólo que me hizo pensar en qué complicado, vano e inútil es juzgar a una persona por lo que hace cuando ignoras todo lo que le ocurre al bajar de su escenario cotidiano. Es entonces cuando puede quitarse el maquillaje sin miradas ajenas que le obliguen a seguir actuando. Es ahí donde los espejos demuestran toda la crueldad que llevamos dentro. Es el momento en que decides perdón o castigo. Es, en definitiva, el procesado que se procesa a sí mismo y que se otorga la libertad, o la cárcel, de vivir enjaulado con sus propias contradicciones. Eso hace irrelevante cualquier otra opinión al respecto.

Desde ese día me muerdo el pensamiento cada vez que creo saber quién es la persona que tengo delante. El verdugo que llevamos de serie es de naturaleza insaciable y no tiene bastante con dejarnos el corazón lleno de latigazos. Siempre anda rastreando nuevas víctimas que ajusticiar. No quiero caer en ese error. Deberíamos saber que, las lecciones que nos dan los borrachos y los niños, que nunca mienten, hay que grabárselas a fuego.