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Esta noche puedes ser el vigilante de los sueños más grandes. En ellos el norte y el sur sólo marcan la ruta que siguen los aviones de papel con su cargamento de caramelos. Las casas se decoran con pintura de rayas y de las chimeneas sale humo de garabatos. El sol gigante, con sus mil brazos amarillos, es capaz de hacer un cielo muy azul y la luna, siempre en cuarto menguante, espera con media sonrisa a que las estrellas se pongan un traje blanco de cinco puntas. Bajo la colcha hay un océano navegable, pero necesitas el carnet de pirata expedido en las oficinas que tienen repartidas los osos de peluche por las estanterías y debajo de la cama, aunque sólo se concede a quienes saben ver con los ojos cerrados o a los que viajan a caballito.

Esta noche tienes una varita para parar el mundo y poder entender lo importante. No se trata de contar paquetes ni de pesar el cariño, sino de quitarnos las vendas y saber apreciar el auténtico regalo de deslumbrarse con la explosión de lo imposible. Esa es la magia buena, la que que te hacen olvidar cuando creces, la que se apaga en los colegios y se ahoga en las oficinas. Sin trucos ni dobles fondos, sin trampillas ni cortinas. Es la que aparece cuando te tocan con las palabras o te abrazan desde dentro. Ni nada por aquí ni nada por allá: está todo delante, respirando en paz, sintiéndose protegido, esperándote. ¿No lo ves?

Esta noche eres un mago de verdad. Usa la chistera y saca de ella toda la presencia que tengas para comerte el momento en que las caras iluminadas te devuelvan, con intereses, un premio sin envoltorio que no durará para siempre. Mañana ya puedes ponerte tu traje gris si quieres pero hoy, esta noche, sólo por una vez, olvídate de lo que crees saber de ti y deja abierta la ventana de la conciencia y una lamparita a medio gas en tu jardín de infancia que, aunque abandonado, sigue guardando la esencia de lo que somos o, mejor dicho, de lo que nunca deberíamos dejar de haber sido.

Esta noche, si quieres, puedes cuidar del sueño que hace los sueños.