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Sin pena y con gloria.

 

 

Esta ha sido mi breve historia personal con el virus. Un catarro. Nada. La intrascendencia absoluta.

 

 Como la de otros muchos, quizás la mayoría, afortunados de gozar de una genética propicia o por tener la suerte de jugar con una ventaja que otros no tuvieron. Nunca sabré qué hubiera pasado de no tener las tres banderillas puestas. Tal vez lo mismo, es más que probable. Después de dos años rodeado de virus me cuesta creer que no nos han presentado antes. A saber.

 

Total, que pienso que podría estar solo en una habitación con un chorro de oxígeno sobre mi cara.

 

 

O dormido con un tubo de plástico en la tráquea.

 

 

O muerto.

 

 

Sí, muerto.

 

 

Suena diferente cuando lo piensas en primera persona a cuando escuchas en las noticias el recuento diario de seres anónimos que se fueron, ¿verdad?

 

 

Pero aquí sigo y por ello doy las gracias. Pero no a la vida ni a esas tonterías. No. Le doy las gracias a las personas. A las que trabajan todos los días para que tengas una dosis esperando. No los conoceremos nunca, ni salen vestidos de verde, ni se pasean por las televisiones. Son tipos extraños que pueden pasarse horas en un cubículo rodeados de máquinas que dan vueltas y haciendo cuentas con datos que sólo ellos entienden. Dibujan figuritas en los ordenadores y mezclan potingues en unos botes que echan humo. Y pican piedra, mucha piedra, te lo aseguro. No es que busquen agujas en pajares: también tienen que decidir qué puede ser aguja y dónde demonios está el pajar. O dedicarse a mirar la cabeza del alfiler durante años hasta encontrar un resquicio. O probar millones de llaves con miles de puertas.

 

 

O sea, que no sabemos nada ni de quiénes son ni de qué carajo hacen. Es más, como somos un país tan gracioso, dejamos que se vayan fuera a seguir con sus rarezas en otra parte.

 

 

¿Ciencia? ¿Investigación? ¿Cultura?

 

 

No, gracias.

 

 

El caso es que ahí estaba el anticuerpo, correteando por mi sangre buscando gresca y preparado para llamar a sus colegas en caso de que la cosa se ponga mal. Todo gracias a esos raritos de las mates y de la química orgánica. Y eso es jugar con ventaja, por mucho que los cantamañanas e indocumentados de turno den la matraca con la maldad de las vacunas y otros engaños fruto de la vil industria farmacéutica. A ver, negacionistas siempre ha habido, tampoco nos asustemos. El terraplanismo viene de lejos y no pasa nada. Lo que ocurre es que vivimos en una caja de resonancia llamada internet que lo amplifica todo, con querencia por la estupidez, cierto es, y que ha convertido este mundo antes conocido como civilizado en una insoportable caja de grillos histriónicos.

 

 

Pues eso. Gracias, muchas gracias a todos esos hombres y mujeres que se queman las pestañas y aguantan el insulto de un salario más cerca de la limosna que de un sueldo y la estulticia de los politicastros habituales que, en su de chapoteo de desvergüenza, desprecian todo lo que ignoran porque en realidad nada de eso les beneficia en sus trapicheos.

 

 

Lo repito: gracias a la investigación, muchos, hasta los besugos de ayuntamiento, seguimos vivos y podemos hacer bailecitos en TikTok. La ciencia básica es el inicio de una cadena de altísimo valor, de una red nos siempre visible que, con sus defectos y sus problemas, está ahí para que no te enfermes o te cures. Muy larga y compleja, para nada infalible y todopoderosa. Pero ahí está, a pesar de todo y de sufrir un maltrato sistemático y lamentable.

 

 

Total, que no sé si te debo la vida, friki anónimo de las pelotas, pero por si acaso, gracias.

 

 

De todo corazón.

 

 

Muchas gracias.

 

 

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