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Recuerdo el brasero de picón de la casa de mi abuela. Me gustaba meter la cabeza debajo de la mesa camilla, ya de noche y bien a oscuras, oculto por el enorme mantel. Primero contemplaba la montañita negra y caliente que reposaba sobre el plato, recorrida por algunas grietas de luz y breves chispas ocasionales. Luego, con delicadeza, deslizaba la pala metálica desde la base del volcán hacia su centro, creando en las laderas un pequeño alud de cenizas que dejaba al descubierto el núcleo incandescente. Mis mejillas de niño se iluminaban y ardían. Me fascinaba contemplar aquel corazón naranja precioso, y aguantar al máximo la mezcla de dolor y placer que me producía aquel trozo de sol sobre la piel.

Hoy la estufa que tengo en mi casa es diferente. No es de fuego, sino de una tristeza seca y sorda que está quemando todos los planes que teníamos por delante. De ella sale un humo de angustia que desde el mes de marzo nos asfixia la vida, sin que aparezca el viento que se lo quiera llevar. Arde en la desconfianza de no ver más que caras tapadas, espacios vacíos entre personas que quieren tocarse y cafeterías inertes como desguaces. Se alimenta de un miedo oscuro, extraño, en el que tú o yo podemos ser un lotero macabro que regala papeletas de muerte a quien nos quiera abrazar.

La veo cada día en decenas de historias de impotencia, de pérdida, de agobio, de rabia, de dolor. No me hace falta el fonendoscopio para saber que tienes una hoguera silenciosa bajo el pecho. Y es igual que la mía. Si me preguntas cómo estoy, te digo que siento un cansancio pesado, denso, opaco. Necesito callar el mundo de fuera, apagar las luces que me deslumbran, meterme en vena un silencio que no llega, salir de esta borrachera de ruido. Le voy dando largas a las ilusiones porque no tengo claridad para atenderlas como se merecen. No es un estado de alarma, sino una alarma permanente que, como una toma de tierra directa hacia el infierno, te deja vacía la batería del alma.

No hay paz. Nos bombardean con un recital de cifras olvidando que esos números una vez tuvieron un nombre y un rostro, y siento que nos dejaron varados de la mano de nadie en realidad. La cantinela diaria de estadísticas que apestan a maquillaje, la promesa infantil de que por arte de magia saldríamos más fuertes y la barra libre de unas vacaciones envenenadas y tan falsas como la nueva normalidad que nunca llegó. Todo quema. Pero para algunos, aún hay más.

Los sanitarios, una vez despojados de su certificado de héroe, con sus superpoderes plásticos ya en el cubo de la basura, han resultado ser unos humanos que tienen los mismos problemas que el resto de humanos a los que atienden. Cada vez les cuesta más ponerse su traje especial mientras contemplan cómo el resto juega al escondite con la inteligencia y salen a la calle reclamando su porción de tarta de estupidez. A falta de buenas ideas, es adecuado convertirlo todo en un absurdo playmobil de buenos contra malos, un cocedero de odio insoportable. Como no tenemos suficiente, vamos a ir avanzando a puñetazo limpio contra todo lo que no nos guste. ¿Pero quién se ha creído la vida que es para llevarnos la contraria? Nos queda apostar todo a la ruleta, a ver si un Míster Marshall farmacéutico nos trae ya la salida de emergencia en forma de inyecciones y podemos volver por fin a los chiringuitos. Eso sí, algunos siempre preferirán la sofisticación de la caza de brujas a la vulgaridad de confiar en la ciencia.

La ira no se anda con tonterías, y estamos a un paso de incendiar con nuestra gasolina la poca dignidad que sigue en pie. La hoguera, esa hoguera antes silenciosa, empieza a crepitar con fuerza fuera de nuestros cuerpos. Mal asunto cuando queremos solucionar la frustración pegando a los vecinos.

El carbón se guardaba en la planta de arriba, un trastero enorme lleno de cacharros viejos y recuerdos vagos. Solía subir y pasar las horas sentado sobre el suelo polvoriento, entre las paredes desnudas de adobe y el horizonte azul que se colaba por las ventanas. Allí hablaba con mi soledad sobre los amores tempranos o la metafísica adolescente de la vida. No hacía nada especial, ni diferente, pero me sentía bien. Aquel lugar olvidado lo hice mío. Cierro los ojos y me imagino rodeado del barro marrón donde grabé fechas, nombres y deseos. El espacio susurra: “Nunca te olvides de levantar la cabeza y de seguir, aunque duela, aunque pese, aunque caigas”. Por eso escribo, al fin, como puedo, sobre esta hoguera que nos consume. Para escapar de ella. Porque si me hundo, caen conmigo a los que sostengo, que son los mismos que me sostienen a mí. Porque no me da la gana, porque voy a dar un paso más y otro, y otro, hasta salir. Llevo muchas piedras en la espalda, pero también tengo historias y caricias que merecen ser contadas. En la buhardilla de mi abuela aprendí que, desde lo alto, la vida se entiende algo mejor. Sube conmigo, tú que confiaste una vez en mí, y miremos juntos hacia el futuro. En realidad todo esto no pasará: nosotros pasaremos por ello, y no tenemos nada mejor que hacer que alumbrarnos y apagar con palabras las brasas que nos consumen.


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