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Antes rompíamos las fotos y quemábamos las cartas. El teléfono sólo era para hablar y además estaba en el salón. Punto. Cuando se acababa todo, se acababa. Éramos afortunados sin saberlo.

Pero hoy no. El rastro es palpable. La presencia de los otros nos envuelve sin poder remediarlo. No nos dejan en paz. Es tan tentador mirar los perfiles, tan fácil saber de sus vidas, tan irresistible ver cómo les va… Nos han clavado un anzuelo tan dulce y adictivo que hasta nos complace colgar del hilo sin posibilidad de volver a nadar en libertad.

Nos han robado el olvido.

Y es que no puedo. Aunque quiera. Estás ahí. Y no importa si pasó algo entre nosotros,  si todo fue una ficción, si me conoces o no, si alguna vez hablamos o nos quisimos. Da igual. Desde el otro lado de la pantalla voy añadiendo a mi memoria lo que me gusta recordar. Puedes pensar que es aberrante o que estoy enfermo. Yo sólo entiendo que es necesario para sobrevivir cuando enterrar o resucitar las historias muertas depende sólo de la voluntad, tan frágil como perversa.

Nos han obligado a ser eternos.

¿Te parece justo?

A mi no.

Por cierto, ¿ya te has olvidado de mí?