Seleccionar página

La medicina amable no es la de los chicos guapos que salvan vidas con acrobacias. Se hace en la intimidad de una consulta vistiendo a las malas noticias con las palabras que menos duelan. No tiene relojes que incomoden, ni cabe en una agenda, ni acaba en una receta.

La medicina amable no entiende de arquitectura ni de geografía; vive tanto en las casas grandes y adornadas como en las pequeñas y humildes. Sólo ve el color rojo, el de la serpiente que se mueve por dentro y que no debe pararse a destiempo ni salirse del carril de la vida sea cual sea el tinte de nuestra piel. Te la encuentras en un gesto, en una invitación, en una mano que aprieta lo justo para que no te sientas solo.

La medicina amable hace más caso a los ojos que a los números.

No se pierde en los océanos de cables y de agujas, ni confunde las medidas con las historias ni los valores con las realidades. La verdad que se esconde en las entrañas a veces no importa tanto como un rostro que pide más paz que salud. Te mira de frente y te dice lo que hay porque es honesta, pero no te deja tirado en la cuneta de la soledad.

La medicina amable no promete nada y enseña con descaro su vestido de incertidumbre.

Prefiere dar un camino antes que una esperanza, consciente de las jugadas sucias del destino.

Te pregunta qué es lo que quieres tú, no lo que quieren los libros que quieras. Te hace un sitio en la mesa para que hables y cuentes. Te escucha, siempre. Te habla, no te grita. Te explica, no te impone.

La medicina amable puede adornarse con sirenas pero nunca es un espectáculo.

Puede quitarte la ropa pero no te sentirás desnudo, y palpará tu cuerpo sin encender la vergüenza. No le asustan los fantasmas que salen por las pantallas, ni mira con soberbia a los niños que estrenaron la bata hace dos días, ni te arrincona en una esquina mientras decide qué va a ser de tu vida.

No está ni dentro ni fuera de las máquinas, porque la medicina amable, es la que llevamos, o no, en la mochila.

La medicina amable es la que queremos recibir y la que deberíamos enseñar.

Y si no es amable, tal vez no sea medicina.