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Se dice que alguien pierde el norte cuando está desorientado, sin referentes que le guíen en su caminar. Recuerdo que mi infancia estuvo bien servida de puntos de anclaje: mis padres y los maestros, para empezar. Cada uno a su manera transmitía un cierto grado de autoridad y se formaba un marco de actuación claro y definido. Te podía gustar más o menos, lo harían mejor o peor, pero si los profesores te llamaban a capítulo, podías estar seguro de que en casa te iba a caer la del pulpo y con razón. Es natural que la chavalería trate de pasarse las normas por el forro y que sus consejeros directos les hagan el favor de cogerlos del pescuezo y llevarlos de vuelta al redil antes de que se rompan la crisma por ahí. Es un orden espontáneo que cumple su función si no se confunde la autoridad con el autoritarismo. Como los eternos Payasos de la Tele, que con su buen arte enseñaban a los niños a sonreír dentro de un territorio de calidad y bien cimentado. Eran unos payasos, pero no hacían payasadas. Eran líderes sin saberlo.

Como un señor llamado Paco que recordaba que había que ponerse el cinturón en el coche, porque al segundo piñazo no llegas, o esos tipos aburridísimos con bigote, gafotas y trajes oscuros, comentando películas en blanco y negro animados por un barbudo que fumaba mucho en pipa. Sorprendentemente todos esos tertulianos (no, no es un insulto) sabían de lo que hablaban y, cuando hablaban, hasta sabían lo que decían. Había materia en el discurso y densidad en el pensamiento. Ni por un momento supuse un mínimo de superioridad intelectual o que mi opinión era mejor. Es más, tenía muy claro que yo no tenía opinión, ni buena ni mala. No estaba capacitado para opinar porque era un ignorante en la materia. Y punto. Y no pasaba nada. Había brújulas y nortes.

Ahora la cosa ha cambiado. Tenemos un altavoz para que todos podamos decir y ser escuchados, que está fenomenal, sobre todo cuando tenemos algo que contar. Pero, como queremos hacerlo todos a la vez, y la cosa es hablar por hablar, o gritas más que el resto o bailoteas lo más tonto que se te ocurre para ganar tu minuto de likes and follows. Ya da igual que salga el presidente del gobierno, una folclórica enfurecida o un perreador profesional: está todo al mismo nivel porque ya no hay nivel, y lo que importa no es el contenido sino controlar la excitación del rebaño. La opinión se ha convertido en un derecho, no en una facultad ganada a fuerza de conocimiento. Ha perdido valor y se paga por ella al peso, sin importar la calidad del producto. Todos quieren opinar porque yo lo valgo.

Entre ellos figuran los presidentes de los chiringuitos territoriales (una práctica paneuropea), a los que les damos carta blanca para que decidan, según su docto criterio, lo que les parece más adecuado respecto a nuestra salud. Por eso puede que mañana nos amanezcamos pinchando Pfizer sólo a cuarentones en celo, por la tarde lo damos todo en una rave de Astra-Zeneca y Otilio y a medianoche tenemos el sorteo de Moderna entre los más bailones de la Fiesta de la Dentadura Postiza. ¿Cómo te los vas a creer si cada día dicen una cosa, hacen lo contrario de lo que predican y son incapaces de ponerse de acuerdo? ¿En base a qué toman esas decisiones?

-Bueno, Javier, es que estamos con el tema de las trombosis y hay que tener cuidado…

Pues no, no estamos con el tema de las trombosis. Estamos con el tema de que los que van de capitanes de barco no quieren hundirse con el marrón de las trombosis, que es diferente, no sea que no les voten porque les señalen como los que pusieron la vacuna mala y no la premium. Eso por un lado, y por otro, que estamos creando una ficción muy peligrosa: la de la seguridad absoluta. Esta falacia es tan golosa que te la restriegan para venderte su humo y que piques, una vez más, en un anzuelo de promesas incumplidas. Da igual lo que diga la Agencia Europea del Medicamento: aquí mando yo y voy a pincharte en el cuerpo sólo mis ocurrencias. Si fueras un cantante afónico terraplanista igual sí que te escuchaba, que da mucho morbo, pero tú, científico de pacotilla, piltrafa becaria, matasanos comeguardias, tú, a callar.

Cuando dejamos que políticos ineptos y demás indocumentados mediáticos nos llenen la cabeza de tonterías, perdemos el tren al futuro. Cuando no somos capaces de aceptar una autoridad en base a su mérito y a la demostración de su habilidad, perdemos el tren al futuro. Cuando estamos más pendiente del cubo de la basura de los famosos que de escuchar a los que comen pizzas congeladas después de pasarse el día entre probetas, perdemos el tren al futuro. Cuando ya no hay liderazgo y, sobre todo, cuando no lo exigimos, perdemos el tren al futuro. A un líder no se le pide que tome las decisiones correctas, porque la incertidumbre es inevitable, sino que escoja las más adecuadas por su conocimiento y sus valores. Fallar tomando la decisión apropiada es el precio que tiene que pagar, pero no arriesgarse por miedo a ser señalado y perder el sillón es sencillamente indigno de ese puesto.

No piense usted que les preocupan las trombosis. Les preocupa que, como ya nos hemos acostumbrado a la muerte por el virus y la hemos diluido tanto que rozamos la insensibilidad homeopática, ahora no estamos preparados para la muerte por trombosis. Vaya fastidio. No tienen una vacuna perfecta y limpia que les haga quedar como los más machotes del barrio. Pues nada. Lo paramos todo, a ver si viene otra muchísimo mejor que, total, ya un muerto más o menos mientras sea por la covid no se nota, pero por trombosis, sí. Y que a nadie se le ocurra leerse el prospecto del omeprazol o los ingredientes de los donuts, no sea que la liemos.

Y no, no confundamos los motivos. Que los que están en el ajo paren y analicen cualquier intervención sanitaria es normal, deseable y obligatorio. No significa que ya no funcione, sino que vigilamos para que funcione bien. Pero, una vez emitido el veredicto, si pasamos de lo que nos dicen cuando no nos conviene, mejor nos ahorramos sus sueldos. Y si seguimos buscando un remedio indoloro y hasta placentero, quedémonos en nuestra burbuja infantil y no aprendamos nada de lo jodida que puede ser la vida y de la suerte que tenemos de vivir en un país donde los dentistas tienen anestesia en el armario.

Así vamos. Cada jerifalte desde la atalaya de su palacio observando a los súbditos pegándose por ver quién sale nominado esta semana. Europa es un contubernio insoportable de burócratas y sus ciudadanos nos estamos quedando sin pan, pero no pasa nada porque no nos falta el circo. El liderazgo se infartó por un trombo gigante de mediocridad, y para eso no hay vacuna.

Bueno, la hay, pero hace pupita.

Imagen de Gerd Altmann en Pixabay