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En vez de cerrar el año, vamos a ver si somos capaces de escapar de él. Esto se parece cada vez más a un naufragio nocturno en alta mar, con tantas dudas, que tirarse al agua sin salvavidas hasta nos parece una salida digna. Queremos escapar de un edificio en llamas que se ha tragado todo lo que nos hace humanos, con los bomberos paralizados en el cuartel esperando a que alguien les diga cómo demonios se apaga este fuego nuevo. Algunos no podrán volver a casa, otros no podrán salir de la suya, y muchos, demasiados, dejarán una silla vacía para siempre. Y para los que se quedan a cenar hay una dosis de mazapán de miedo esperando en el plato.

En vez de una blanca Navidad, será una Navidad en blanco. Un simulacro de fiesta donde no hay nada que celebrar excepto la supervivencia. Una fila de escaparates inertes que esconden baldas de polvo y cajas registradoras llenas de aire rancio. La nada, que ha apagado los colores de unas luces que no pueden engañar a nadie con su mueca de felicidad de mentira.

Pero también será de color verde, no por los arbolitos de los salones, sino porque gustó tanto cuando se puso de moda en todos los hospitales, allá por marzo, que aquí se ha quedado. El Gordo este año elige el verde, o quizás el azul, tal vez el naranja, tanto da, mientras espera paciente con sus máquinas de respirar en una sala llena de monitores y pitidos que antes servía para tomar café y leer libros. No entiendo cómo hay gente que sigue creyendo que les va a tocar la lotería buena y no la mala, pero así de estúpidos somos a veces.

No se dan cuenta que todo el sistema lleva al rojo vivo, o mejor dicho, al rojo muerto, desde hace meses. Si el cansancio, el agotamiento y la desesperación tienen un color, es este. No aguantarán. No aguantaremos. Que no lo hayas visto no significa que no haya almas reventadas de tanto llorar. Mira bien, porque cada sanitario lleva incrustada en los ojos la metralla que dejaron los cientos de bombas de muerte que le explotaron en la cara, intentando apagar el dolor de los que cuidaba, o el que le esperaba en casa en forma de llamada fatal, o del paquete envenenado que se llevó del trabajo sin querer.

Tendremos una Navidad bien amarilla, con toda la ganadería mediática extrayendo cada gramo de bilis que nos quede en las entrañas. Vamos a ver si tenemos suerte y a algún vacunado le sale mucha sangre de alguna parte. Sería un éxito de audiencia. Poco importa si funcionan o no, siempre existirá una maldad infinita que se enriquece con nuestra salud, pero al parecer nadie lo hace con nuestra pasión por el morbo. Bueno, nos comemos lo que nos dan, así que poco reproche vale cuando no somos capaces de ponerle a nuestra atención el precio mínimo del respeto por la inteligencia.

Y sí, el Black Friday ha mutado a una Black Christmas gigante que nos ha dejado un agujero negro donde antes había un corazón, una masa de pena y dolor tan densa que no te deja sacar ni un poco de la luz que queda viva. Me veo en una habitación, ciego, buscando a tientas la maldita salida y tropezando con todos los fantasmas posibles. Debe ser mi caja negra, pero de verdad es tan negra que ni me atrevo a mirarla no sea que me pierda dentro. Es un gran poza donde a duras penas se equilibran mi parte de hombre y mi parte de médico, donde cada día hay un pulso entre la vocecilla que me dice que siga y la que me grita que pare, la que sabe y la que conoce, la que está y la que se esconde, la que se odia y la que te quiere, la que ves y la que ni te imaginas, la que te enseño y la que no puedo ocultar. Una parte que sostiene a los otros mientras otra se derrumba a sí misma. Un engranaje desequilibrado. Uno más de tantos.

Los colores de esta Navidad no me gustan, no son buenos. Pero pasarán y puesto que, a saber por qué motivo, nos condenamos a vivir en un tiempo circular y recurrente, espero que en las siguientes ediciones podamos abrazarnos sin mascarillas y sentir de nuevo el calor de los colores vivos y serenos. No sin pena, pero quizás sin tanto daño. Igual hasta descubro el motivo por el que felicitarnos tenga al fin sentido.