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Papá Noel, el simpático gordinflón nórdico que vino a rellenar los inexplicables huecos mercantiles de la Nochebuena, lleva mascarilla. La magia sigue atrapada sine die en un pastelón navideño de sobremesa recién importado de Norteamérica, en competencia feroz con la más selecta repostería televisiva alemana. Mientras, por aquí, los anunciantes de turrón se las ingenian para hacernos creer que cenar todos juntos siga pareciendo una buena idea. Las risotadas de este nuevo inquilino invernal, ahogadas bajo la telita verde y húmeda, junto a las miradas de sospecha que traspasan los lentes redondos y nublados por el vapor, no tranquilizan en absoluto.

El escenario es complejo. Unos, los que se informan bien en internet, siguen negando la mayor hasta que el pulmón se les llena de realidad o bien comprueban la teoría, siempre cierta, en su laboratorio infalible y perfectamente equipado con una mesa camilla y tres cuñados. Y otros, los que perdieron la cuenta de los enfermos a los que tuvieron que cerrar los ojos para siempre, se rinden por momentos.

No ha terminado. El diablo verde sigue entre nosotros y no se va. Ni tiene pinta de querer irse.

Sí, ya se avisó de que no éramos héroes, sino humanos con propiedades limitadas, un cierto umbral del dolor y fecha de caducidad impresa en el alma. Antes, al principio de la pesadilla, no hacía falta buscar reclutas forzosos para ir al frente y ponerse en primera línea: esta guerra era la de todos. Pero ahora el kilo de sanitario se ha mercadeado a precio de saldo y la trifulca ya sólo se la comen los mismos desde el principio. Tener que jugarse el tipo propio y el de tu familia mientras el resto se va de fiesta, va a ser que no. Han estirado tanto el chicle de la paciencia que se ha roto. Ese ser, antes aplaudido y que ahora resulta débil y despreciable sólo por ser mortal y sensible, se cisca en todo cada vez que se tiene que calzar el traje para pasar la mañana, la tarde, la noche, o todo seguido, en un submarino de plástico que sólo funciona con gel hidroalcohólico y lejía a partes iguales.

«¡Otra vez, no, otra vez, no!», maldice.

No ve el fin, sólo una sucesión de desesperantes inicios.

Que Papá Noel se ponga la mascarilla y tú quieras ir a tu bola pasando de todo indica que no ves la foto completa. Obvias que tu libertad condiciona mi existencia y que el paesopago tiene los días contados, tanto para el papá estado como para las aseguradoras que no querrán pagar fiestas de irresponsables. Recuerda que si hay alcohol no puedes pedir un hígado nuevo y que la vaca está tan flaca que, por más sablazos que nos metan al poner la lavadora, no vamos a tener ni para un manojo de hierba. Está peligrando este café para todos al que nos han malacostumbrado por un puñado de votos. Y, como niño ofendido, caprichoso y soberbio, la hostia en todos los morros de un hospital que te cierra las puertas te va a doler mucho.

Ni te lo imaginas.

Nos estamos desangrando y si llevas un bar lo sabrás mejor que yo. Si Papá Noel, que es capaz de surcar el cielo con un trineo volador y bajar por las chimeneas sin pringarse de hollín, se pone la puñetera mascarilla y lleva una tirita en el brazo, es por algo. Puedes creer en conspiraciones y en todas las historias que te de la gana si eso le da emoción a una vida insulsa y rutinaria, pero la biología, la física y la química que está detrás de toda esta película son de todo menos glamurosas.

Te lo contamos desde dentro y precisamente, los de dentro, se desesperan al ver que sigues comprando la opinión experta de foreros que saben lo que ocurre en los sótanos secretos de China. ¿En serio confiarías tu dinero, tu vida o tu familia a todos esos iluminados? Claro que nos gusta sentir la vanidad de creer que somos más listos que nadie y paladear una verdad sólo revelada a los elegidos. Pero no. Se trata de un infierno simple y nada exótico donde las creencias y las paparruchas están sepultando los hechos. Mal asunto si los médicos usáramos las hipótesis de trabajo de Forocoches. ¿Como verías que Victoria Abril te operase la vesícula con el asesoramiento de Miguel Bosé?

Ah, ¿que la cirugía no y la virología sí?

Pues eso.

Papá Noel está hasta las borlas (me consta que tiene varios gorritos) de la mascarilla. Y yo, y todos. No te pido que cambies tu redil por el mío, ni tu cencerro por mi cascabel. Sólo que reflexiones y estudies de verdad. Ningún charlatán inventó la pantalla desde donde me lees ni el antibiótico que acaba con los bichos que te matan. Ninguna lumbrera de Twitter sabe lo que enseñan las interminables horas sin dormir al lado de un respirador, ni lo que se siente al llamar por teléfono para informar de que alguien ya no está, ni la exasperación de pasar meses mirando una probeta. Se está desmoronando este castillito de Famobil y cada mascarilla, cada vacuna, cada metro de distancia y cada gesto, suma. Está en tu mano y en tu boca arrimar el hombro o seguir combatiendo estúpidos molinos imaginarios.

Que sí, que como todo lo que toca el humano, la ciencia tiene sus sombras.

No es un paraíso de bondad habitado por angelitos rechonchos de mofletes sonrosados. Pero quedarte mirando el charco de barro en vez de levantar los ojos hacia la torre de progreso y evolución que tenemos gracias a ella es tan absurdo como un brazo imantado. O más…

En fin, que Papá Noel y los Reyes Magos, con sus mascarillas y sus inyecciones puestas, vienen cargados de carbón. Las luces de Navidad a este paso van a ser de ambulancia y el mazapán de la sexta ola ya tiene un regusto agridulce. Por cierto, igual a nuestros gestores (que están a lo suyo, a ver si escampa) habría que hacerles una PCR, esto es, una Prueba de Capacidad Real, antes de dejarles coger el mando, y exigirles cada cierto tiempo un test de antígenos éticos positivo para seguir con él.

Es sólo una idea.


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