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Mario no quiso coger su mano, ni darle el primer beso rutinario de cada encuentro. Ante el imprevisto, Eva se quedó expectante.

—Bueno, es que, verás, tía… Me molas, ¿sabes? Me molas mucho…. Sí….

Era temprano para que los niños tomaran los columpios y llenaran el parque de gritos. Hacía frío. Algunos perros paseaban a sus dueños y un par de jubilados lo vigilaban todo al ralentí, sentados en un banco de madera.

Eva confirmó que su alarma interna se había activado con precisión. Nunca fallaba. Le miró a los ojos y sus labios se entreabrieron dejando escapar un halo de vapor. Mario recibió el mensaje y continuó.

—A ver…. Mira, eres una tía cojonuda, genial, de verdad…. Me río mucho contigo….

La cabeza de Eva cogía velocidad. ¿Pero qué dice este gilipollas ahora? ¡Joder, otro imbécil que me la ha colado! ¡Me va a mandar a la mierda en dos segundos, joder!

Eva no pudo evitar abrir un poco más la boca. Necesitaba sacar el aire del pecho y liberar esa opresión que se estaba acumulando. Dio un paso hacia él por si eso facilitaba la comunicación.

—¡Mario, deja ya de dar vueltas, por favor! ¿Qué coño te pasa? ¡Estás raro de cojones! ¿Qué? ¡Dime!

A Mario le abrazaba con fuerza un oso ficticio y cariñoso, dificultando la expansión natural del tórax. El parque con los árboles vestidos de ocre, el sol de febrero (a veces tan cálido),  el olor húmedo de la hierba mojada… Todo aquella retahíla de cursiladas románticas le sobraba. Su lengua se estaba volviendo de lija.

—Es que… no, Eva…, ya no…

—Joder, joder… pero, pero… ¿qué pasa?

Eva comprendió. Otra ilusión al cubo de la basura. Otro idiota más en su lista. Le mareaba el parque y sus putos árboles. La bufanda que él le regaló era una boa constrictor de color granate enroscada en su garganta. Necesitaba calmarse, respirar hondo y frenar la mente para escuchar qué le contaba aquel tipo, Mario. El Mario que le había parecido, por fin, ser el auténtico, el uno, el mejor…. Después de tantas horas, de tanto compartido, de tantos secretos, de tanta entrega…. Ahora esto. ¿Y qué le pasa? ¿Otra tía? ¡Joder! ¿Qué coño quiere ahora? ¡Dios! Mi detector de príncipes es una mierda, una mierda…

Mario intentó que su discurso fuera un poco menos patético. No lo conseguía.

—A ver, te lo voy a explicar.

Carraspeó un par de veces y siguió.

—Es que realmente me pasa una cosa rara. No, no hay otra tía, de verdad. Y me molas, me caes genial, en serio. Pero…. Mira, no sé, no sé cómo explicar esto…. Es nuevo también para mí, ¿sabes?

—¡No me jodas, Mario! ¡No me vengas de víctima ahora! ¿Pero qué cojones es nuevo-ahora-para-tí? ¿Eh? ¿Qué?

Mario apartó la mirada hacia el exterior, como contando los barrotes de la verja que bordeaba el perímetro del parque. Eva, de piedra, troceaba cada milímetro de la cara de Mario con los ojos incrédulos buscando las pistas para comprender. Tras acabar la eternidad y volver al presente, Mario se zafó del oso, llenó los pulmones con el hielo que les rodeaba y habló:

—Me molas, pero por WhatsApp.

Consiguió que la mandíbula de Eva cayera al vacío. Un único movimiento en toda su anatomía, a plomo. Una segunda eternidad, más espesa y larga que la primera, se instaló entre los dos hasta que Mario volvió mover los labios.

—Joder, ya sé que parece una gilipollez, pero, es que… joder, es así…

También se venía abajo. Estaba siendo injusto, ¿no? Por más ensayada que tuviera esta escena sabía que le estaba clavando un puñal. La rechazaba, sí, pero no exactamente a toda ella. No era su físico, ni nada en concreto. Es que le gustaba más por WhatsApp, hablando, o chateando, como se diga.

Eva resucitó.

—¿Qué te gusto sólo por WhatsApp? ¿Pero qué…? ¡A ver, que no soy una cría, imbécil! ¡Dime que no te gusto, que no me quieres, que eres gay, o lo que sea, joder,  y ya está, joder! ¡Vaya excusa, tío, vaya mierda de excusa!

Eva se tapó la cara con las manos. Lloraba. De rabia, de pena. No, no… Le vino a la mente la escena de Matrix donde el capullo aquel se carga a la chica rubia desenchufándola por la espalda.

Not like this, not like this…

Mario se esperaba esto. Sabía que pasaría. Pero le sorprendió que Eva se diera media vuelta y que huyera sin mirar atrás, murmurando un gilipollas más bien sordo, y dejándole sin opción a réplica. Se tendría que comer sus argumentos. Una lástima, porque le parecían brillantes.

Vamos a ver. La quería de una manera no presencial, pero totalmente real. Le gustaba imaginarla con sus frases ingeniosas y sus emoticonos clavados, justo en el momento apropiado, tumbada en el sofá de su casa, o en el baño o en la cocina. Sabía que ella lo sentía a través de la pantalla del móvil. Sin exponerse al cansancio de los días grises. En ese espacio se querían y todo era perfecto, maldita sea. El día que no podía ser, pues no era, y punto. Eso era bueno para no hastiarse, ¿no? ¿Verdad que hay días en que no sabían qué decirse? ¿Cuántos paseos habían dado sin ganas?  No tenían tantas ocurrencias cuando estaban juntos. Al final parece que buscaban pasatiempos esperando la hora de meterse en la cama.  Que no quede mal, ¿no? De verdad, Eva, me lo paso genial leyéndonos, pero ya está.

Tras repetirle al vacío su razonamiento, Mario tomó conciencia de estar plantado en medio de la tierra, con los dos ancianos que seguían a cámara lenta la estela de sollozos que dejó Eva al irse.

Sacó el móvil del bolsillo de la chaqueta. No había ningún mensaje pendiente de leer. Sintió que ya tenía lo mejor de Eva en la memoria de aquel aparato. Al llegar a casa haría una copia en el disco duro del ordenador. Y otra en la nube, que era lo que recomendaban ahora en los foros.

La iba a echar mucho de menos.