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Llega la paz, al final, cuando las pieles se ponen cómodas y la respiración se acompasa. Los relojes descansan y el silencio se oye, de fondo, como las olas de una playa en calma. 

No hay prisa, no hay nada. 

Sólo manos y miradas que se enganchan. Contando las cosas que pasan. Poniendo los ladrillos de nuestra casa, que huele a leña, a sal y al aire de la montaña. Dejando que la sábana cuide el calor que hacemos, que no vuelva la soledad a adueñarse de la cama.

 No hay guiones, ni planes, ni nada. 

Sólo  presencia, que es todo lo que importa cuando el día acaba. A veces es una sonrisa liberada, o un llanto que necesita espacio; un paseo por el futuro, o abrir un armario del pasado. Lo que vamos a hacer mañana. Las historias que sacamos de sus cajas para poder soltarlas.

Si el sueño nos encuentra, que sea en una madeja de cuerpos pegados. Si la noche se enciende, que los labios sean los candiles que nos alumbren el paso. Si hoy acaba todo, que mañana no quede nada. Este es nuestro tiempo, nuestro ahora, todo lo que tenemos, lo que empieza a la vez que acaba.

No quiero soltar esta maraña de pelos y palabras. No quiero quedarme a solas con el frío de las almas cansadas. Me dejo llevar, me rindo y me abrazo a tu espalda. Llega la paz, llega todo, y me vuelvo a perder en este todo que sale de la nada.