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Teníamos tantas ganas de volar que no esperamos a que se nos secaran las alas recién pintadas. Libres, nos creíamos. Con derecho a pisar por encima de la ley de la vida, esa que no escriben los hombres, la que hiere y mata porque sí, esperando a que te burles de ella para reír la última.

Nos quitaron las correas y nos soltaron para salir en tromba a bebernos de un trago el tiempo perdido. A nuestros mayores les daba pena vernos encerrados en casa sin nuestra dosis diaria de diversión, esa droga que nos empiezan a meter con los muñequitos del colacao y que nos hace intolerantes a la normalidad sin adrenalina. Ni nos regañaban ni nos decían nada. Y aunque lo intentaran, ¿qué íbamos a hacer si no? ¿Aburrirnos? ¡Nunca!

Allí estábamos, bebiendo, fumando y sin parar de reír, saltando y gritándole al mundo que nos lo comeríamos porque nosotros lo valemos, que podíamos con toda la fiesta que nos echaran y más. Nos dejaron ir, pero también nos fuimos porque quisimos, ya da igual. La ganas de tocar y de repartir los afectos vienen de serie y tienen por costumbre explotar a nuestra edad. Es inevitable.

El caso es que el aliento no duele cuando se comparte. Es después, tras las carcajadas y la resaca. La tos cansina, la garganta que pica o la cabeza que revienta es lo de menos.

Son los pulmones, que se transforman en estropajos inútiles.
Es el aire, que no llega.
Es respirar, que no funciona.

En un momento se derrumba el escenario ficticio de verbena y aparecen los seres vestidos de verde, los tubos, las máquinas, las luces, las alarmas, el drama de la maldita realidad. Las lágrimas de los demás. Se acabó la función. Me ha tocado a mí, les ha tocado a ellos, nos ha tocado a todos.

Mientras viajo hacia la oscuridad busco al responsable. ¿Fui yo, que me pasé por el forro todo lo que aconsejaban aquellos idiotas de la mascarilla? ¿Fueron ellos, que nos dejaron fluir sin control? ¿Los que mandaban? ¿Los que no obedecieron? ¿Quiénes?

Pero quizás las cosas sean más sencillas. La naturaleza no entiende de culpables, sólo de causa y efecto. La selva no juzga de malvado al tigre por cenarse a la grácil gacela. Sucede. Pero nosotros nos empeñamos en pensar que lo que no encaja en nuestra cabeza, una máquina estupenda de fabricar mentiras, debe estar mal y ser obra de algún imbécil. Ellos dirán que fuimos nosotros, nosotros diremos que fueron ellos. Y así, al calor de los reproches, nos vamos acomodando en este infierno improvisado donde no hay ninguna escuela que nos enseñe a no tropezar con la misma piedra una y otra vez. Cinco llevamos ya. Y no hay manera. Las olas siguen tragando bañistas que en vez de nadar hacia la orilla buscan pelea borrachos de razón.

Entiendo, puede que demasiado tarde, que la realidad le ha ganado a mis opiniones. Sigo en mi descenso, y mientras espero a que llegue el resto, me pongo una última copa de oxígeno en este frío y muerto botellón en las tinieblas.