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Paseo por un desierto de bares callados y tiendas muertas. No hace mucho aquí se maceraban los guiris entre jarras de sangría y garrafón de medio pelo, con su típico rosadito cangrejo en la piel y la algarabía del wachiwachi, que era como nos sonaba el inglés a los niños de mi generación. Por entonces los turistas eran todos unos seres raros, altos, rubios, horteras, bobalicones, sin arte ni salero, y a los que se les debía sacar los cuartos sin pudor. Buen negocio hacíamos colándoles esas presuntas paellas perpetradas con colorante alimentario y avecrem a partes iguales, ideales para la cena, y rematar con un romántico paseo a caballo por el centro, algo que solemos hacer los lugareños un día sí y otro también.

El caso es que ya no están. Se fueron, o no llegaron o no les dejaron venir. La calle llora tanto silencio porque sin esa escandalera se muere de hambre. Ya les iba bien a todos, ayuntamientos y demás sacacuartos incluidos, con su tajada veraniega de verbena y fiestorro. Con esto hacíamos lo que solemos hacer en España: ir tirando. Una expresión muy gráfica que traduce un avance, lento, con justo esfuerzo, sin pausa, sin aspavientos ni grandes lujos. Sin despuntar, sin hacer ruido, sacándole a la vida sólo lo necesario para no pasar miserias y que el banco te conceda una hipotequita a medida.

Pero ahora, a ese sueño de color carreta se lo ha merendado un bichito que ha venido a tirar por tierra toda un modelo vital que, pese a que se desangraba desde hacía tiempo, servía para matar el gusanillo y ni más ni menos que eso, seguir tirando. Nunca pensamos que el sol iba a dejar de alimentar un negocio eterno que movía un país que no sabía mirar más allá de la temporada de verano. Creímos que tal vez, a lo mejor, igual todo esto del virus pasaba de largo. Que tendríamos suerte, para variar.

Pero no. Sigue aquí, entre nosotros. Nos ataca donde más nos duele, pues como buenos primates (sofisticados pero primates), si no nos juntamos y no nos pegamos entre nosotros no funcionamos bien. Aunque hay mucho estúpido que sigue mirando el horóscopo dominical para estar informado y a pesar de todos los imbéciles que creen que el 5G les come la cabeza, la realidad es que la mayoría lo hicimos lo mejor que pudimos. Sí, no había otra y nos encerraron sin fianza porque siempre habrá cuatro bobos que sacarán los pies del tiesto y la nariz por encima de la mascarilla, pero estoy seguro de que la mayoría de la gente lo hubiera hecho sin amenazas.

El problema es que salimos de la cárcel con todas las ganas del mundo de recuperar la humanidad robada y empezar a poner los cubatas perdidos a los turistas, y eso no coló. No debe sorprender: era lo esperado, pero claro, no tanto. Nos vuelve a asustar, o debería hacerlo, la sombra creciente y siniestra de los números. Nadie quiere volver a un pasado que nunca debió suceder pero que no ha podido ser olvidado.

Con las prisas por abrir los hoteles olvidamos hacer lo de siempre: reinventarnos. No es que sea mejor morir de pobreza que del virus, pues recuerden que somos un garito gigante que sin público quiebra, pero ya que estábamos, hubiera sido bueno pensar en una transición y poner los cimientos de un puente hacia un mundo que se nos está echando encima.

Un mapa, una brújula y un poco de voluntad.

No pasa nada si tardamos un año o dos en alcanzar un modelo educativo a prueba de virus o de idiotas, porque el aprendizaje para todas las generaciones presentes y venideras sería magnífico.

Pero hay que empezar.

No pasa nada si tardamos más o menos en ver cómo organizamos al e-paciente y la e-sanidad en la noria del sistema sanitario cuando ha quedado más que claro que sin presencia y sin internet, a partes iguales, los temas del miocardio no funcionarán en este siglo.

Pero hay que empezar.

No pasa nada si invertimos unos años en crear oportunidades que no dependan ni de la lluvia ni de los chiringuitos de la playa, a los que adoro, pero que sean siempre una opción y no una necesidad.

Pero hay que empezar.

Y, por encima de todo, no pasa nada si por una vez dejamos de lado los puñales, los aplausos y las frivolidades y, en vez de buscar culpables en Twitter y bailar en Instagram, nos centramos en aportar y crear soluciones.

Pero también habrá que empezar algún día

Estamos aprendiendo que no basta con hacerlo bien de ocho a tres. Al virus le dan igual nuestros horarios y nuestros rituales, nuestras creencias o nuestras tonterías. Vamos averiguando sus leyes y no debemos ser tan engreídos de creer estar por encima de ellas. De hecho nos vemos a las puertas de un déjà vu terrorífico, sin saber en qué aparcamiento vamos a colocar a los niños en septiembre, con la temporada de agosto terminada antes de su estreno y con un plantel de sanitarios a los que, además de toda esa movida (también son padres de familia, tienen que ir al súper a comprar papel higiénico y cuidan abuelos), les toca meterse en la boca del lobo a sabiendas de que esto se veía venir desde mayo.

“Mejor todos a la playa a ver si pasa el coco”, nos dijeron ellos.

Pues no, el coco se ha quedado y nos trae malas noticias: se acabó el rollito de ir tirando. El modelo que nos llega no admite medias tintas. Y digo esto porque al final el guiso nos lo vamos a tener que cocinar entre nosotros. Tú y yo, cada uno con su grado de clarividencia, decidimos a quién creer, qué hacer y qué estamos dispuestos a sacrificar. Deja al gobierno disfrutar de sus vacaciones en el casino, a ver si tiene suerte y le toca una vacuna salvadora en la ruleta de la suerte. Da igual. Nos vamos a tener que buscar la vida después de ésta, con milagro o sin él, con o sin rey destronado, con o sin una república de colorines. Ese adorno no nos va a dar de comer.

No sé cómo estará aquel guiri desgarbado y pasmarote que este año no vino a cocerse a nuestra tierra, pero apuesto a que lo tiene mucho mejor porque en su pueblo no viven de la sangría por litros. Quizás su trabajo sea (me lo invento) crear una máquina que nos gustaría comprar porque hace la vida un poco mejor. Qué tontería, ¿verdad?

Ahora no es tan gracioso el giro de guión y siento cierta envidia de aquellos que no se fueron de juerga para preparar la vida del futuro, esa que desde aquí se ve oscura y borrosa. La ruina está tomando las calles, y las horas perdidas esperando a ver si despejaba la tormenta nos van a pasar una factura muy amarga. No parece que seamos muy de aprender de los errores. Hemos visto pasar por delante un tren que nos ha dejado una estela de muerte y dolor, pero que llevaba escrito en cada vagón el código para construir el progreso. ¿Volverá? Bueno, lo que no superamos siempre regresa en forma de dolor tarde o temprano.

Ahora toca apechugar y no equivocarse otra vez, ni de amigos ni de enemigos. Parece que volvemos a la guerra, pero será muy diferente; te aseguro que los héroes están hasta la mismísima capa de aguantar chorradas y de sostener con EPIS de Playmobil un sistema que se quiebra por momentos. Abre los ojos, por favor, y escucha a los que lo están sufriendo en sus carnes. Son las únicas voces autorizadas entre tanto cantamañanas. Hace tiempo que no pueden tirar más del carro y como se caigan a la cuneta nos vamos todos detrás. Respétalos.

Te necesitan, nos necesitamos todos, conscientes, maduros, capaces y dejando a un lado las peleas de patio de colegio y las banderas de opereta. Hay que salir de esta ciénaga cuanto antes o se nos va a quedar un país de fósiles vivientes. Recuerda que el virus no piensa, ni ve, ni sabe, ni tiene carnet del partido ni conciencia de ser nada. Esa es nuestra diferencia y no debe parecer desde fuera que no la hay.

Sin embargo, el muy cabrón nos ha cogido la medida y, ¿sabes qué le va bien?

Primero, que nos juntemos. Para eso puedes hacer algo que ya se ha repetido hasta la extenuación: mascarilla, distancia social y lavado de manos. No es tan difícil. Es aburrido, sí, pero más rollo es esperar en casa a que suene el teléfono y que desde el hospital te den la peor noticia de tu vida. O que se la den a tu familia.

Segundo, y lo más jodido: la imposibilidad manifiesta de que todos los humanos hagamos algo juntos a la vez por el bien común. No hay manera. Somos una especie única en eso, capaces de mandar chismes alucinantes al espacio mientras nos sacamos los higadillos por un pedrusco en el campo. Cada uno a nuestra bola.

Este virus nos está dando duro en nuestra esencia de humanos, tan geniales y tan tontos a la vez. Hay un problema, sí, pero también una oportunidad para cada uno de nosotros de estar por una vez en el bando de los buenos.

Tú decides si nos echas un cable o si te conformas con ir tirando.